24 de julio de 2014

Pedía perdón por sentir, y a veces sabía que no debía. Sabía que lo suyo era sentir absolutamente nada. Se le cansaba el corazón cada que hacía algo que le fascinara, su corazón sufría por tanto; de que revolotearan en ella las ganas, de que cada beso, abrazo o caricia hiciera un cataclismo en su pecho.
Hacía que sus pulmones no aguantaran, hacía de sus ojos tormentas.
Ella no nació con ese poder, de resistir a todo. Tenía una sensibilidad máxima a un infinito, lloraba por todo, se reía de nada.