Hay que sabernos rotos, conocer la tristeza, probar las lágrimas saladas, la amargura en el corazón; para después poder reconocer a la felicidad, que vendrá vestida de pequeñas cosas, no de dinero, no de joyas, no de cosas materiales, sino de sonrisas, de besos, de apoyo, de amistad, de amor, de familia.