Acto seguido me había asegurado ya no hablar más de ella, y de que los recuerdos (los suyos) eran jaulas que me aprisionaban como un pájaro indefenso. Como todas noches, en las que era preciso llamarme para tener una piel a la cual acariciar, unos labios a los cuales morder, y un corazón al cuál herir, y romper como un papel que se renueva a la mañana siguiente.
Era necesario pensar que pensarte no ayudaba, era mejor pensar en cosas innecesarias, en cosas simples, eso no alimentaba mi herida.